Hay mujeres que a cierta edad deciden descansar. Y hay mujeres que a cierta edad deciden empezar. Olga Parra Chaves es del segundo grupo.
Cuando decidió retirarse de la odontología después de décadas de ejercicio profesional, Olga no estaba buscando tranquilidad. Estaba buscando la próxima versión de sí misma. La que siempre había estado ahí, esperando que sus manos encontraran un nuevo lenguaje.
Lo encontró en una revista. En una fotografía de un collar del siglo XIX. En una orquídea convertida en metal.
Una odontóloga que siempre fue artista
Hay una continuidad entre la odontología y la joyería que a muchos sorprende, pero que para Olga siempre fue evidente. Ambas disciplinas requieren precisión milimétrica. Ambas trabajan con materiales delicados. Ambas exigen paciencia, pulso firme y la capacidad de sostener la atención durante largo tiempo.
Lo que cambió no fue la destreza. Fue el propósito de reparar sonrisas para expresar el arte a traves de la joyeria. Y ese fue el salto más valiente de su vida.
«Queria seguir trabajando con mis manos para expresar mi esencia, mi sensibilidad y mi creatividad.»
Autodidacta por convicción
Olga no fué a una escuela de joyería. No siguió un curso certificado. Investigó, leyó, preguntó, experimentó. Falló. Volvió a empezar. Falló de otra manera. Aprendió de esa falla. Y así, durante años, fue construyendo el conocimiento técnico que hoy la distingue.
Fue una ruta solitaria, pero no completamente. En el camino encontró seres generosos que compartieron con ella sus conocimientos: artesanos, químicos, amantes del metal que le abrieron puertas de su experiencia sin pedir nada a cambio. Ella llama a esa red de maestros informales ‘seres maravillosos’. Esa gratitud dice mucho de quién es Olga.
9 años haciendo lo que le apasiona
Llevan nueve años: Olga y el electroformado. Nueve años explorando que elementos da la naturaleza de Norte de Santander y de Colombia resisten el proceso. Qué insectos revelan geometrías sorprendentes que solo la naturaleza nos puede dar.
Cada año trae nuevos descubrimientos. Nuevas fallas instructivas. Nuevos logros que Olga guarda en su memoria con la misma satisfacción con que un científico registra un hallazgo.
«Hasta la fecha continúo aprendiendo mediante la experimentación. La alquimia nunca termina.»
Chinácota: el taller donde nace lo eterno
Hace cinco años, Olga se trasladó de Cúcuta a Chinácota. Un municipio del Norte de Santander rodeado de montañas, donde el aire huele distinto y la naturaleza ofrece con generosidad los elementos que ella necesita. Es allí donde trabaja, donde experimenta, donde cada joya comienza su lento proceso de nacer.
No es un taller de producción masiva. Es un espacio donde una mujer y sus manos tienen largas conversaciones con el metal y la naturaleza.
Lo que Hunbai le dice al mundo
Olga no salió en los medios a anunciar su emprendimiento. No contrató una agencia de relaciones públicas. Simplemente siguió creando. Y las joyas hablaron solas.
Porque hay algo en una pieza de Hunbai que las palabras no alcanzan a explicar del todo: la sensación de sostener algo que tomó meses en hacerse, que guardó dentro la vida de un elemento natural, que lleva el tiempo y la intención de una mujer, que como odontóloga expreso belleza, y continua haciéndolo a través de la joyeria, sobre la comodidad.
Eso no lo fabrica ninguna máquina.
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